lunes, 10 de junio de 2013

La educación “humilde” o la educación para la vida cotidiana


Más allá de los grandes objetivos de la educación (que, sin duda, son muy importantes), más allá de las metas educativas que ocupan la atención de los organismos internacionales (que, sin duda, cumplen un papel fundamental), más allá de aquellas funciones de la educación sobre las que se escriben ríos de tinta o montañas de megabytes (que, sin duda, son muy necesarios)... existen también los objetivos “humildes” de la educación, a los que casi nunca prestamos suficiente atención.
Cada vez que voy al teatro, al cine o a un concierto me doy cuenta de que algo estamos haciendo mal en la educación: ¿Os habéis fijado en los problemas que tienen muchas personas para encontrar el asiento que les corresponde? ¿Y las dificultades que tienen muchas personas para rellenar un impreso para hacerse socio del gimnasio del barrio? ¿O el problema que representa para mucha gente orientarse en una ciudad siguiendo un plano?
Localizar la fila y el número de la butaca que se tiene asignada (especialmente cuando las filas están separadas en pares e impares), rellenar unas casillas o encontrar una calle en un plano se convierten en tareas arduas y complejas por la incapacidad de trasladar a nuestro día a día aquello que aprendemos de manera teórica en las diferentes materias del currículo. No hay una transferencia eficaz del saber teórico al saber práctico.
En general todos, y yo el primero, tenemos una tendencia natural a tratar los temas de la educación con grandes objetivos, se nos llena la boca con palabras grandilocuentes: la educación es un arma de construcción masiva, es la solución a los grandes problemas del mundo.
Estos objetivos son muy loables, pero tan inabarcables que pueden dar lugar a frustración y tan sumamente difíciles de evaluar, de comprobar su logro, que pierden funcionalidad.
Es por ello que propongo que tengamos más presente la “educación humilde”, la de la vida cotidiana. La que permite a las personas desenvolverse en el día a día con solvencia. Para ello es imprescindible que mostremos a los alumnos la aplicación práctica de aquello que explicamos a nivel teórico en las diferentes asignaturas, aunque en realidad lo más conveniente sería dar un enfoque mucho más multidisciplinar al aprendizaje: trabajar por proyectos, por retos que necesiten de diferentes áreas de conocimiento.
Por ejemplo, para muchos estudiantes el aprendizaje de las matemáticas se convierte en un suplicio si no son capaces de percibir que tienen una aplicación directa en su vida cotidiana. En cambio, cuando son capaces de darse cuenta de la aplicación práctica de lo que se les está explicando, el aprendizaje es mucho más significativo y, por tanto, mucho más fácil.
Que la educación es una herramienta para hacer un mundo mejor, es indudable. Pero no olvidemos que también nos puede ayudar a vivir mejor, a movernos por la vida más fácilmente. 

4 comentarios:

  1. No puedo estar más de acuerdo con esta completa reflexión. Los alumnos que no perciben y captan la funcionalidad y aplicabilidad de los contenidos trabajados, difícilmente, muy difícilmente, son capces de sentirse motivados e interesados por el estudio, trabajo y dominio de unos contenidos que, no sólo le quedan lejanos, sino que están descontextualizados de su realidad mediata e inmediata. Mi experiencia docente y "vital", que trato de compartir y "vivir" con mis alumnos, me revela una importante realidad: los alumnos que reconocen que aquello que trabajan tiene un fin, una utilidad, una aplicabilidad en su mundo concreto, suelen implicarse e identificarse con el trabajo realizado. Si a ello le unimos que todo se hace en clave cooperativa y colaborativa, favoreciendo la interacción y "trabajo entre iguales", estamos "educando" ciudadanos competentes inculturados "en" la vida y "para" la vida. Suelo repetir mucho que no hay nada más ilustrativo, educativo y revelador que la "filosofía de la vida", buena traducción del término hermoso que has utilizado: "la educación humilde". Eduquemos en la humildad del sentimiento y pensamiento "sincero". Eduquemos para saber vivir y convivir, para disfrutar de lo que hacemos, especialmente, con nuestros alumnos; para saborear de los detalles, de las personas, de sus logros... En definitiva, qué mayor valor que la propia humildad para aprender y dominar aquello que, realmente, emplearé y aplicaré en la cotidianidad de la propia vida, de la vida de los demás. La humildad: ¿acaso no es una forma de entender que tenemos que educar para que nuestros alumnos se incorporen con total competencia, respetando sus niveles y ritmos de aprendizaje, a una vida que les espera con los "brazos abiertos" y en la que podrán aportar lo mejor de sí? Nuevamente, GRACIAS Salvador.

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  2. Al igual que Agustin estoy ciento por ciento de acuerdo con lo que dices y si me lo permites, me gustaria compartirla en mi blog http://loshijosdelaprofe.blogspot.com gracias

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    1. Por supuesto que te lo permito, muchas gracias!!!!

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    2. Muchas gracias, te enviare el post.

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