lunes, 29 de septiembre de 2014

El educador inconformista

¿Hasta qué punto podemos conformarnos con la realidad que nos ha tocado en suerte sin luchar por cambiarla hasta el límite de nuestras fuerzas? Creo que la respuesta que damos a esta pregunta muestra el tipo de educador que somos.

En la película Forrest Gump, el protagonista explica que, según su madre, "la vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar." Aunque soy muy goloso y me encanta el chocolate, en mi opinión, esa frase es una verdad a medias porque presupone que es el azar el que dicta las opciones que tenemos las personas para cambiar nuestra vida.

Por ese motivo, prefiero pensar que la vida es como una partida de cartas; jugamos con los naipes que nos han tocado en suerte, pero, en función de eso, podemos establecer una estrategia (realizar descartes y cambiar cartas para mejorar nuestra mano, ir de farol...). Así, en función de nuestras decisiones y actuaciones, podemos decidir nuestro destino, al menos en parte, y que no quede todo en manos del azar.

Esto que hemos comentado para la vida en general, vale también cuando un docente empieza un nuevo curso o cuando unos padres tienen un hijo. Si la educación fuera un juego de naipes, en ocasiones, tendremos una “buena mano”, en otras, no tendremos buenas cartas... pero nuestra obligación es siempre jugar la mejor partida posible.

Así, la insatisfacción y el inconformismo son el estado natural de la educación: un educador insatisfecho debería ser la norma y no la excepción, como sucede muy a menudo. La autocomplacencia y el conformismo son los mayores enemigos de la educación.

La educación debe dar respuesta a los cambios de la sociedad, y estos se producen cada vez más deprisa. Una educación inconformista posibilita que la educación esté siempre alerta, siempre atenta a las necesidades emergentes de las personas y de la sociedad en cada momento. Por eso, la educación tiene que dejar de ser introspectiva y solitaria para ser extrovertida y colectiva.

Un educación inconformista facilita la adaptación al cambio, aumenta la tolerancia a la frustración, refuerza el trabajo colectivo, explica el conocimiento en relación con su aplicabilidad... valores fundamentales para vivir en nuestro tiempo.

Cuando alguien pretende educar, no tiene otra opción que ser inconformista. Intentar hacerlo desde el inmovilismo no es educar, es adiestrar.

lunes, 22 de septiembre de 2014

5 mentiras sobre innovación educativa

En ocasiones, para conseguir que la comunidad educativa reaccione, despierte o, simplemente, se cuestione el statu quo de la educación de nuestros días, tenemos tendencia a la hipérbole.

Los mensajes extremistas y demagógicos (en ocasiones apocalípticos) provocan reacciones emocionales que dan lugar respuestas viscerales que pretenden arrasar con todo lo establecido sin una reflexión previa y objetiva de la realidad. Seguramente, por este motivo tienen éxito los escritos que, por ejemplo, contienen en su título el verbo “matar”, como Las escuelas matan la creatividad de Ken Robison o Matar al libro de texto de Enrique Dans.

Pero, en realidad, para innovar no siempre es necesario, o no siempre es lo más efectivo, arrasar con todo lo existente y construir algo radicalmente distinto. En general, los cambios son más eficaces cuando se hacen partiendo de la base de lo existente, conservando los aspecto positivos y cambiando aquellos que no funcionan.

En este contexto es donde hay que entender mi reflexión de hoy. La radicalidad de algunos planteamientos provoca que se den por válidas ciertas afirmaciones que necesitan ser matizadas, explicadas y valoradas de manera objetiva. No siempre somos capaces de discernir los matices cuando nos dejamos llevar por las emociones más profundas. A continuación, voy a intentar desenmascarar las cinco mentiras más frecuentes cuando hablamos de innovación educativa y no nos detenemos a pensar ni analizar lo que realmente se está diciendo:

1. Hay que romper con el pasado/ Cualquier tiempo pasado fue mejor. Cualquiera de las dos afirmaciones me parece poco adecuada. Ni todo lo nuevo es mejor por el hecho de ser nuevo, ni cualquier cosa del pasado es la adecuada porque siempre se ha hecho así. Creo que, como educadores, es nuestra obligación evaluar, testar, analizar todos los recursos y métodos didácticos de lo que disponemos o podemos disponer para ver cuáles resultan adecuados, para quién lo son y en qué condiciones.

2. No hay que enseñar contenidos en la escuela. Muchas personas no parecen entender que plantear un enfoque mucho más competencial de la educación en nuestras escuelas no es sinónimo de vaciar de contenidos las enseñanzas escolares. Nada más lejos de la realidad, pues no se puede ser hábil en destrezas y habilidades sino se tienen bien adquiridos los conceptos. El cambio radica en que no se debe llenar de datos la cabeza de nuestros alumnos sin darles a estos un sentido practico, sin que se entienda su relación con la resolución de situaciones problemáticas.

3. Las TIC hacen a los alumnos más individualistas. Bien al contrario, las TIC facilitan el trabajo colaborativo, el intercambio de información y experiencias con personas cercanas y con personas que viven en otros países. Las TIC eliminan las barreras de la distancia, por eso, facilitan la socialización de los alumnos.

4. Los alumnos deben hacer lo que les apetezca en todo momento. En demasiadas ocasiones se acusa a los innovadores de la educación de no fomentar la cultura del esfuerzo entre los estudiantes. Pero nada está más lejos de la realidad. Sin esfuerzo no hay aprendizaje. Pero esfuerzo no es sinónimo de sufrimiento. Cuando uno trabaja en algo que le interesa, cuando está motivado, el esfuerzo no implica sufrimiento sino placer. Los alumnos no deben hacer lo que quieran, pero tampoco es necesario que aprendan "con sangre".

5. Los profesores no tienen autoridad y han perdido parte de su importancia en la formación escolar. Esta es, en mi opinión, la mentira más dolorosa sobre la educación actual. Nunca en la historia el papel de los docentes ha sido tan importante porque nunca en la historia ha habido la necesidad de guiar, de orientar, de ayudar a los alumnos ante el inmenso océano de información que se maneja en el mundo actual. Un mundo que además ya no es permanente, sino que es cambiante. Que el profesor no sea ya el poseedor de todo el conocimiento no implica, como algunos creen, que su labor no sea importante... sino todo lo contrario.

Innovar es el único camino que podemos seguir los educadores para que nuestros alumnos sean mejores personas y participen de manera crítica y activa de la sociedad... pero innovar nada tiene que ver con la demagogia ni el radicalismo. Innovar es lo que hacen cada día miles de educadores en sus aulas.

lunes, 15 de septiembre de 2014

¿De qué color ves tú la educación?

El color es un medio para influir directamente en el alma. El color es la tecla. La vista es el macillo. El alma es un piano con muchas cuerdas. El artista es el mando que, tocando esta o aquella tecla, hace vibrar el alma de manera que puede influir en ella directamente.”   Wasily Kandinsky 


La pregunta que da título al post es una cuestión más importante de lo que puede parecer a simple vista. El motivo es claro: el color con el que tú ves la educación es el color con el que tus alumnos (si eres profesor) o tus hijos (si eres padre) ven el mundo. En la cita de Kandinsky podríamos cambiar artista por educador.
 
Como suele pasar con casi todos los aspectos de la vida, en educación ni todo es de color negro (pesimismo absoluto) ni todo es de color rosa (optimismo inocente). En realidad, nadie debería tener una visión monocromática de la educación. Esta debería verse con colores distintos dependiendo del momento, del contexto y de las circunstancias.

En este sentido, sería interesante crear un “Pantone pedagógico” que nos permita tener una muestra de cada uno de los recursos didácticos de los que disponemos para ver cuál es el más adecuado para cada ocasión.

Todos sabemos que existen tres colores básicos (rojo, verde y azul) a partir de los cuales se pueden formar otros muchos colores, dependiendo de la manera e intensidad como se combinen. Si consideramos que los colores básicos de la educación son los cuatro pilares que enunciaba Delors en su informe para UNESCO (aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir, aprender a ser), según cómo los combinemos obtendremos un tipo de educación u otro. Esta puede ir desde la más memorística y mecánica hasta la más competencial, creativa y crítica, pasando por un sinfín de matices.

Los diseñadores gráficos saben que hay colores que combinan muy bien y otros que nunca hay que juntarlos. Los educadores también deberíamos saberlo.

Son muchos los métodos didácticos relacionados con los colores que se aplican en nuestras aulas. Seguro que todos conocéis, y muchos aplicáis, el método de los seis sombreros para pensar de Edward de Bono. Es un método suficientemente conocido como para que no sea necesaria una explicación detallada, pero me gustaría recordar el significado y función de cada uno de los sombreros:
 
Azul: controla al resto de sombreros; marca los tiempos y el orden de los mismos.
Blanco: para pensar de manera objetiva y neutral.
Rojo: para expresar nuestros sentimientos.
Negro: para ser críticos y pensar por qué algo no podría salir bien.
Amarillo: para buscar los aspectos positivos sobre un determinado aspecto.
Verde: para incitar las posibilidades creativas. Está relacionado con el pensamiento divergente.

«Los 6 Sombreros para el Pensamiento» de TheWhiteHat

El método de los seis sombreros es muy valioso, pero hay otros muchos. Os invito a que, a través de los comentarios del blog, compartáis los recursos didácticos relacionados con los colores que utilizáis para que todos podamos aprender de ellos.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Vamos a construir juntos una escuela que ilusione

El pedagogo brasileño José Carlos Libâneo, en su obra ¿Adiós profesor, adiós profesora? (Barcelona, Octaedro, 2013), dice que “La escuela tiene que dejar de ser simplemente una agencia transmisora de información, y ha de transformarse en un lugar de análisis críticos y de producción de la información, donde el conocimiento hace posible la atribución de significado a la información.” 

En otras palabras, la escuela debe dejar de ser una institución que educa para la obediencia y la subordinación para convertirse en una institución que educa para la libertad y la democracia. Para que esto suceda, no basta con tener una o varias asignaturas sobre ciudadanía, ética o valores sino que deben transformarse radicalmente sus mecanismos de funcionamiento estableciendo fórmulas de participación activa y responsable de docentes, alumnos y familias.

Siempre he pensado que la escuela debería ser un lugar de encuentros, un ágora donde se reúnen las personas para educar y ser educados, para compartir saberes y, sobre todo, vivencias, experiencias y emociones. Pero, desafortunadamente, esto está muy lejos de ser así. En realidad, salvo honrosas excepciones, la escuela actual se caracteriza por ser un lugar de desencuentros.

Se producen desencuentros entre iguales. Cuando estos son entre alumnos pueden dar lugar a casos muy graves de acoso (bullying); cuando son entre profesores dan lugar a falta de comunicación, descoordinación, ineficacia, duplicidad de esfuerzo...

 Hay desencuentros entre profesores y alumnos que llevan a ambas partes a la frustración. Sobre este particular escribí un post al que remito: La frágil relación profesor-alumno. En él comento que la empatía es un valor fundamental para cualquier docente y que un docente sin empatía es como un MP3 que reproduce una lección magistral.

Pero también se producen desencuentros entre profesores y familias. En mi opinión, es fundamental que los alumnos reciban mensajes coherentes en casa y en la escuela, y que los padres (o tutores) se impliquen de manera activa en los contenidos y valores que se trabajan en el aula.

En conclusión, la educación en una escuela “de encuentros” debería estar dirigida a luchar contra la pérdida de las ilusiones; principalmente la de los alumnos pero también, y esto no siempre se tiene en cuenta, las de los docentes y las de las familias.

Una escuela que ilusiona es aquella que tienen en cuenta a cada uno de sus miembros, con sus talentos y sus limitaciones para conseguir entre todos un mundo mejor.

lunes, 1 de septiembre de 2014

¿Por qué debo cambiar mi manera de enseñar?

Ahora que está a punto de empezar un nuevo año escolar (en España) es un buen momento para que, todas las personas que nos dedicamos a educar, nos planteemos si debemos cambiar alguna cosa en nuestra forma de enseñar y el porqué debemos hacerlo.

Una de las obligaciones ineludibles de cualquier educador es la obligación de conocer los mecanismos de funcionamiento de la sociedad en la que vivimos y de estar siempre alerta ante las nuevas necesidades que surgen de manera constante. En consecuencia, una de las cosas que jamás debería hacer un educador es permanecer anclado en el pasado, en “el siempre se ha hecho así”.

Dice Zygmunt Bauman que “El tiempo percibido por la actual generación joven no es cíclico ni lineal, sino puntillista, como los cuadros de Seurat, Signac o Sisley.” ¡Esta es la principal causa por la que los educadores debemos empezar a cambiar el pincel con el que “pintamos” nuestra forma de enseñar! Ya no podemos utilizar solamente un pincel grueso para hacer trazos largos e intensos, sino que necesitamos también un pincel fino que nos permita hacer muchos puntos precisos y de múltiples colores.

Los alumnos de hoy no quieren (y no necesitan) que les expliquemos la lección, que les demos el conocimiento directamente. Ellos prefieren descubrirlo, construirlo activamente a través de la conexión de diferentes “puntos”, estableciendo relaciones, trabajando colaborativamente.

Pero esto no solo les pasa con el conocimiento, también les ocurre, por ejemplo, con el entretenimiento. Ya no quieren ser espectadores pasivos de un programa de televisión sino que, a través de las redes sociales, quieren expresar sus ideas, sus opiniones, compartir sus puntos de vista con otras personas... En palabras de Michel Serres: “Se acabó la era de los que deciden.” En otras palabras, se acabó la era del profesor magistral.

Los jóvenes acceden a la “realidad”, al mundo, de forma distinta a como lo hacemos los adultos. No es ni mejor ni peor, es distinta. Nuestra obligación es adaptar la educación a esa manera que tienen de relacionarse con el mundo y no intentar cambiar la idiosincrasia de las nuevas generaciones.

Los docentes, por generación y por formación, tenemos una visión más lineal del mundo y creemos que la mejor forma de enseñar es presentando los contenidos de manera cíclica (metodología que se recoge en nuestras leyes educativas). Pero a los jóvenes de hoy en día nada les parece más aburrido que estar haciendo siempre lo mismo y del mismo modo.

La pedagogía necesita revisar (volver a mirar) todos sus planteamiento, pues fueron establecidos en un mundo que ya no existe. Debemos hacer una pedagogía que nos permita navegar por este mundo líquido sin que naufraguemos. Internet es el nexo que posibilita una nueva forma de entender la educación: más activa, más multidireccional, más dinámica... El mundo virtual es la clave que nos permitirá acercar la escuela a los intereses y motivaciones de nuestros alumnos, es decir, al mundo en el que vivimos.

¡Mis mejores deseos para el nuevo curso!

lunes, 25 de agosto de 2014

La creatividad como motor de la educación

En un momento en el que el devenir de los sistemas educativos está condicionado de forma evidente por las evaluaciones estandarizadas (PISA, PIRLS, TIMSS...), puede resultar paradójico plantear que la creatividad debe ser el motor de la educación. Pero, en realidad, es de sentido común.

Hoy, aunque muchos se empeñen en negarlo, se enseña (o al menos eso se prioriza desde la legislación educativa) para la prueba, lo que se conoce como teaching to the test. El objetivo último es mejorar posiciones en el ranking de PISA. La consecuencia es que no siempre se valora el proceso a través de cual se ha llegado a una conclusión, focalizando la atención en el resultado final. Los test de respuesta múltiple penalizan el error, lo que, a la larga, coarta la capacidad de los alumnos de buscar respuestas nuevas a situaciones cambiantes.

Educar en el conocimiento estandarizado responde a un concepto de la escuela como institución de control social. En cambio, educar en la creatividad responde a una escuela cuya función es la de transformar la sociedad. El primer modelo de escuela daba respuesta a las necesidades de la sociedad de siglo XXI; el segundo modelo debe dar respuesta al mundo actual.

Una de las tareas en las que un docente debe poner más empeño es luchar cada día contra el impulso de automatizar rutinas. La divergencia debe convertirse en un valor fundamental en la educación escolar (a diferencia de lo que sucede con la escuela tradicional), solo así formaremos personas capaces de adaptarse a un mundo cambiante.

Para conseguirlo, el primer paso es comprender que un aula no es un auditorio, sino una comunidad. Hay que dejar de tratar a los alumnos como espectadores (receptores pasivos de conocimiento) para darles el papel de actores (creadores activos de conocimiento).

Una educación basada en el pensamiento creativo es mucho más motivadora para los estudiantes (y debería serlo también para los profesores) ya que les permite poner en juego capacidades como la imaginación y la originalidad, y posibilita satisfacer continuamente su impulso por descubrir cosas nuevas, su curiosidad.

La enseñanza creativa tiene como eje central a la persona, con sus talentos y limitaciones, en tanto que individuo y como miembro de un grupo o colectivo. Por este motivo, se potencia de forma notable el trabajo colaborativo, donde la responsabilidad compartida es un elemento esencial.

En el contexto de una escuela que tenga a la creatividad como motor que la impulse, hay que entender el nuevo rol del profesor, donde este ya no es el portavoz del saber. En palabras de Gustavo Dessal:

Un maestro no es simplemente aquel que detenta un saber. No es un experto, tal como acostumbramos a concebir en la actualidad a los representantes del saber. Un maestro es quien sabe conservar vivo el espíritu socrático de la pregunta, y su enseñanza consiste en darnos la mejor prueba de su amor: lograr que aprendamos la única lección magistral que nos pone en el camino de un saber verdadero, y que consiste en percatarnos de que ninguna palabra puede decir toda la verdad.”*

*Bauman, Zygmunt; Dessal, Gustavo: El retorno del péndulo. Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 2014.

miércoles, 6 de agosto de 2014

El docente como líder del aula

Afirmar que el docente es un líder para sus alumnos puede parecer una perogrullada, es decir, algo tan obvio que no merece especial atención. La cuestión cambia cuando lo que hacemos es definir qué tipo de líder es (o debería de ser).

Tradicionalmente el docente ha sido un líder autoritario con capacidad para suspender y castigar. Su liderato se basaba en el respeto ganado a base de disciplina (entendida esta en sentido pseudomilitar). El temor era el sustento de la autoridad. Pero ese no es tipo de líder que necesitan las escuelas del siglo XXI.

El docente debe ser un líder "observador". En todo momento debe estar atento a sus alumnos (a sus expresiones faciales, su tono de voz...) para captar pistas emocionales reveladoras que le permitan saber si lo que está explicando o haciendo despierta el interés o, por el contrario, despierta indiferencia e incluso desdén. El docente debe ser un líder empático capaz de analizar las actitudes individuales de los alumnos y también las del grupo clase.

Obviar el ambiente emocional del aula es uno de los errores más habituales de los docentes. Lo importante para muchos docentes es que los alumnos aprendan, pero se preocupan poco o nada de cómo lo hacen. Es eso que en otras ocasiones he comentado: "los docentes deben dejar huellas, no cicatrices."

El docente debe ser un líder motivador, capaz de hacer cada uno de sus alumnos saque lo mejor de sí mismo. Un líder que no imponga, que no detente un poder absoluto, sino que sepa escuchar, que sea flexible, que sepa trabajar en equipo (con sus alumnos y con otros docentes).

Ojalá en nuestras escuelas se diera una educación que no basara su esencia en el suspenso, sino en el aprendizaje. Eso permitiría a los docentes ser mejores líderes para sus alumnos.